En una pequeña población estadounidense próxima a Nueva York, una jovencísima Susan Gaylord se revela como una escultora autodidacta con talento. Hija de un profesor de literatura y una ama de casa, a veces sus padres se ven abrumados por su carácter firme y sus capacidades para desarrollar bien todo aquello que se propone. Su hermana Mary, el que será poco después su marido, amigos y vecinos, sienten una admiración hacia ella que les despierta sentimientos encontrados de amor, envidia, recelo o suspicacia que Susan en ningún caso pretende. Desde niña se dará cuenta que hay una interioridad en ella que la hace diferente y que no puede compartir con nadie. Esa interioridad solo se manifiesta cuando plasma febrilmente sobre la arcilla aquello que su cabeza y su corazón perciben. Este impulso vital condicionará sus relaciones sociales y familiares en una época en la que la mujer está vetada en el terreno artístico.
De personalidad compleja, aunque de razonamientos simples, la protagonista llevará una vida de renuncias y triunfos personales para intentar liberarse del molde al que se ve abocada por el hecho de ser mujer. Sin renunciar a sus deberes como esposa y madre, también luchará por expresar la fuerza creadora que la domina.
La autora muestra un personaje inevitablemente solitario e intenso en el ejercicio de su libertad creativa. Con gran delicadeza relata el conflicto interior entre vocación artística y vocación matrimonial, entre el deseo de no despojarse de su ser mujer que ama y siente profundamente, y el rechazo de un molde que la encorseta para ser sumisa y dependiente.
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